Archivo de Agosto 2008

Descubriendo la electricidad

Agosto 30, 2008

Además de Aam, el afilador, el pueblo de mi madre tenía más personajes que marcarían mis aficiones. Estaba también, por ejemplo, la Luisa. La Luisa era una mujer pequeñita, enjuta. Tenía una pequeña parálisis en un lado de la boca, que le mantenía una continua sonrisa por ese lado. Por el otro, la comisura de los labios le caía habitualmente hacia abajo en una mueca terible, entre de tristeza y amargura. Parece que nadie se había acostumbrado porque cuando se le veía por el perfil risueño la gente la saludaba sonriente con esas frases tan rurales llenas de “h” aspiradas “¿Queee paaaaha Luiha? ¿Aaande vas?”   Y si la Luisa se paraba a dar la información –siempre la de mala salud, que es la que se da en los pueblos- y se volvía, al paisano se le acababa la cordialidad y, casi sin dejarla dar novedades, le decía cualquier frase de compromiso “Bueno muher, ¡pacencia, pacencia…!”

Pero lo que a mi me interesaba de la Luisa es cuando le pedían que demostrara su don, y es que metía los dedos en un portalámparas y hacía saltar los fusibles. Yo lo intenté en aquellos años igualar y sólo conseguí una buena quemadura y que los ojos me estuvieran bizqueando con frecuencia hasta que me fui haciendo mayor. El don de la Luisa le venía de que había sobrevivido a la caida de un rayo en el monte, cuando se encontraba, bajo un arbol, junto con uno de los pastores del pueblo. El caso fue muy sonado porque la descarga los dejó desnudos pero ilesos, si exceptuamos esa mueca de la Luisa. No quiero ni pensar en el regreso al pueblo y las explicaciones tan complicadas ni en cómo se justificarían despues de no tener ninguna quemadura. Lo cierto es que la Luisa sí que puso a salvo su reputación con esa práctica. Cuando lo hacía, antes de que nos dejara a oscuras yo me fijaba en ella y me daba cuenta que el lado natural de la boca se le tensionaba en la misma forma y se le producía una bonita sonrisa. Pensandolo bien, también podía ser que a la Luisa se le avivará el recuerdo de la tormenta o, suele decir un amigo del pueblo, el del pastor. Este, el “Covacha”, no pareció tener tan claro su papel en este expediente X rural y puso tierra por medio, no se sabe si por una buena oferta de algún rebaño de la competencia o por la forma en que le miraba el padre de la Luisa, que no parecía muy dado a creer en los misterios de la Naturaleza.

El afilador de mi pueblo

Agosto 22, 2008

Esta mañana he amanecido de muy buen humor. El friso está perfectamente alineado y me he entretenido afilando los cuchillos de la cocina. Deben superar la prueba de cortar un trocito de cartón sujeto en el aire sin que se doble lo más mínimo. Me gustaría en realidad hacerlo con un motor de Mobilette, como el afilador del pueblo de mi madre cuando yo era pequeño.El pueblo no tenía muchas cosas que hacer pero las aplicaciones de la motorización daban para mucho.

Aam, que así llamabamos al afilador, no era del pueblo, pero en verano venía casi todas las semanas haciendo sonar su flauta de pan. Me sorprendía que Aam largara de un tirón su pregón: “el afilador, señoras, cuchillos, tijeras, ha llegado el afilador”, porque era bastante tartaja. De ahí su nombre Aam, que era la abreviatura de la forma en que él se presentaba como Ambrosio. Aunque hablando se trabucaba mucho, la cantinela del pregón le salía del tirón, aunque lo hacía sin demasiada entonación, de modo que yo, en mi ingenuidad infantil imaginaba que había algo en las señoras que se podía afilar y que seguramente era pecado. Más tarde me di cuenta que mi madre solía decir que las vecinas tenían la lengua más afilada que la cuchilla del carnicero, así que yo siempre estaba vigilante por si era eso. Pero nunca las vi poner la lengua, así que seguía manejando la idea de que era algo relacionado con “esas cosas”  que los niños no tienen que preguntar.

Así que allí nos sentábamos a ver trabajar a Aam, que ponia su caballete y conectaba con una correa el esmeril al motor. Aam me enseñó a afilar pero nunca me atreví a preguntarle por ese misterio de las señoras. No pasaria mucho tiempo hasta que escuchara al primer vendedor ambulante que vendía pelapatatas y que gritaba “¡mujeres!, ¡la autentica herramienta que todo lo pela!” y empezara a descifrar ya los primeros signos del marketing rural.    

He encontrado esta foto de una moto casi como la de Aam

He encontrado esta foto de una moto casi como la de Aam

 

Mi primera novia

Agosto 20, 2008

Me han consolado los post que he recibido en la página. Especialmente por encontrar opiniones de mujeres que vienen a corroborar que mi afición por el bricolaje no supone un comportamiento extraño. Sin embargo debo confesaros que mi relación con el otro sexo no ha sido especialmente fácil. Quizá porque el primer amor, como pasa con el primer taladro, puede llegar a marcarte para siempre. Mi primer amor me llegó a los 17 años. Se llamaba Ana. Era una chica maravillosa y muy divertida. La verdad es que éramos un poco gamberros. Nos moríamos de risa haciendo nuestros primeros trabajos de bricolaje. A su abuela le cambiamos el interruptor de la luz de su habitación por un pulsador conectado a un timbre que sonaba como el de la casa. Cada vez que iba a encender la luz, oía que  llamaban y se iba a abrir. Como la mujer estaba un poco mayor se pasó casi toda una noche sin poder entrar a su cuarto, dando paseos a la puerta, hasta que lo descubrió el padre de Ana que se levantó extrañado cuando oyó tanto portazo.

 

Los sábados ibamos a las ferreterías más importantes y tomados de la mano pasábamos largas horas soñando con tener nuestro propio taller de reparación e instalaciones eléctricas. Era un sueño imposible, porque en mi casa no querían que me dedicase a ganarma la vida con las manos. Es una cosa de familia y siempre fueron así. Mi primo Eulogio por ejemplo, quería a toda costa ser prestidigitador y al final, con las presiones de la familia, se acabó haciendo cura. De vez en cuando le gustaba, después de echar el vino en el cáliz, darle la vuelta y mostrar cómo no se derramaba nada, o hacer que mismo copón se levantara solo durante la consagración. Pero parece que su párroco le dijo que empezara a cortarse un poquito, presionado por el síncope que sufrió una feligresa. Parece que la mujer, muy mayor y muy beata, estaba confesándose con Eulógio y al volverse vió que éste, seguramente por obra del diablo, había desaparecido del confesionario y se encontraba a su espalda sonriente. Así que ahora lo más que hace es que, cuando da la comunión, le desaparece la hostia que va a poner en la lengua al comulgante y de pronto se la busca y se la encuentra en la oreja.

 

Mi relación con Ana terminó el día que al ridículo del novio de su hermana mayor le quitamos todas las tuercas de las ruedas de su GTI nuevo. Cuando el pobre dio la curva de la calle “quemando las gomas” –como le gustaba decir- vió como las ruedas salían disparadas y su chasis, del que tuvo que salir a gatas, se quedaba tirado en el suelo. El asunto no habría trascendido si no fuera porque alguno de nuestros amigos se fue de la lengua, de modo que la calle, pese a ser la hora de comer, estaba llena de chicos que aplaudían muertos de risa el acontecimiento. El padre de Jacinto, que así se llamaba el muchacho, erá un jefe en la empresa del consuegro, así que, cuando montó el pollo, el padre de Ana, que estaba también bastante harto, la mandó a casa de unos tíos en Almería. Mi padre tuvo que pagar la reparación y tampoco quedó muy contento, pero mereció la pena ver el espectáculo.

A Ana no la volvería a ver hasta años después. No eramos de mucho escribir ni la dejaban hablar por teléfono, ni uno tenía Internet a mano, como ahora, para mandar mensajes o ver los videos de bricolaje de Bricocrack  así que nuestra relación se fue esfumando poco a poco. Aunque yo nunca la he podido olvidar.  

 

 

Bricolando en el ambulatorio II

Agosto 17, 2008

Beni me dejo pasar a su mostradorcito. Un pequeño cubículo en un rincon compuesto por el mostrador, dotado de un ordenador anticuado, y una silla alta  situada en un mínimo espacio. Afortunadamente Beni no era muy grande, porque si no habría que untarla de silicona lubricante cada vez que quisiera entrar o salir de su puesto.

 

La avería no parecía complicada. Sencillamente un protector de plástico partido que impedía presionar la varilla de regulación de altura. Lo que pasa es que el dichoso protector estaba muy atascado y aunque yo siempre llevo unos alicates por lo que pueda pasar, esto no estaba fácil teniendo que trabajar allí dentro. Mientras estaba en la pelea, salió uno de los médicos que le pidió de forma autoritaria algo a Beni. Se trataba de mi médico, inconfundible, una vez que estaba junto al mostrador, por su dificultad de pronunciar las erres. “Tgaigame ese histoguial ahora mismo”. “Es un paciente que desviamos a ugolojia y que lo diagnosticó el doctor Baguios en magzo. ¡Y la proxima vez quiero los informes de los pacientes a pgimera hoga de la mañana!”

 

Beni se metió a buscar los papeles azorada por la bronca y yo intenté no estorbarla apretandome dentro del cubículo como si fuera un embalaje de Ikea.  Conseguí con paciencia ir liberando el plástico y ya estaba casi cuando volvió a aparecer esa especie de imitador del inspector Clouseau (con el que por cierto, guardaba un interesante parecido). “¡Señoguita, como tagde usted mucho más cancelaguemos la guesonancia y encaggaremos una necgopsia! ¿Se puede sabeg qué está haciendo?”

 

Beni, que estaba pasando hojas de informes como una posesa, decidió descuidadamente sentarse cuando, lamentablemente, yo tenía la banqueta inclinada para trabajar. Al notar que le faltaba la silla, su trasero, como si tuviera capacidad de tomar decisiones propias, se echó violentamente  hacia atrás hasta alcanzar el asiento, mientras ella dejaba escapar un grito apenas ahogado y suficiente para llamar la atención de ese tropel de veteranos que esperaba en la consulta. Como el asiento no se apoyaba en el suelo, su peso sólo consiguió vencerlo hacia detrás. No pudo llegar muy lejos porque el espacio no lo permitía y se quedo con el cuello y el cogote apoyado en la pared, mientras las piernas, faltas de sustentación, se levantaban abiertas sobre el mostrador. Llevaba una bata y bajo ella una falda muy corta, lo que no contribuía precisamente a quitar importancia a su espatarre. La imagen, cuando conseguí desencajarme y emerger de entre sus piernas  no fue muy halagueña. Me sentía como una marioneta de guiñol que aparece de improviso entre la mirada espectante de decenas de ojos como platos.

 

Ayudé a incorporarse a Beni y le quise dar explicaciones al “doctog” que miraba con la boca abierta, como si se le fuera a salir por ella “el gabo del pego de san Goque”.

 

-        Es que no conseguia que el cacharro subiera y bajara con normalidad y se lo he tenido que hacer con unos alicates…

 

Como vi que la explicación tampoco parecía tranquilizar mucho al auditorio decidí quitarme de en medio. Me disculpé, eso so, con el médico.

 

-        Iba a entrar con usted en cuanto acabará con ella, pero se me ha hecho tarde, así que si le parece lo dejamos para otro día.

 

Salí del ambulatorio dejando a Beni un poco trastornada y decidí irme a la Ferretería a serenarme un rato y a ver unas ruedas de fibra que había visto en uno de los reportajes de Bricocrack. 

Bricolando en el ambulatorio (I)

Agosto 14, 2008

No pude seguir mucho más rato con mis amigos del “comité de obras”. Tenía hora en el ambulatorio, así que me acerqué a ver si me hacían el mantenimiento. En mi barrio se le conoce más bien por el Abuelatorio, porque siempre está hasta la bandera de vejetes. No estoy seguro de que todos esperen consulta. Sé de algunos, como la madre de un amigo mío, que van por si se enteran de algún comentario relacionado con su enfermedad, otros porque es un lugar agradable para echar la charleta y a más de uno, que está un poquito senil, le dejan allí aparcado mientras su hija o su nuera –que son las usuales en esta dedicación familiar de cuidar a los mayores- van al mercado.

 

Me introduje entre esa maraña de miradas vigilantes procurando no tropezarme con ninguna cachaba y me acerqué al mostrador. Descubrí feliz que Beni estaba de turno. Beni es una compañera de Instituto y me trata bien y, en cuanto puede, me cuela. Su tesis particular sobre la presencia de viejecitos, es que estos eran jóvenes y lozanos cuando pidieron fecha, así que intenta que a sus amigos no les pase lo mismo. Siempre me ha chocado que Beni consiguiera ese trabajo en el ambulatorio. Su nombre real, aunque se haga llamar Beni, es Benedicta, pero en el último año del insti y después, en nuestra juventud en el barrio, la conociamos como Bienadicta. Aunque parece ser que se recupero de su afición, nos parecía que ponerla a trabajar en un centro médico sería algo así como poner a George Bush a trabajar en una licorería o nombrar a Clinton jefe de becarios.

 

-Hola Beni, -la saludé- ¿cómo lo tenemos?

-Hola Juanvi. El doctor tiene un par de pacientes esperando, pero si quieres te cuelo.

- No te preocupes. Espero un poco y te hago compañía.

- Oye, podías aprovechar, tú que eres un manitas para mirarme la silla. No sé que conchos le pasa que no sube hasta dónde necesito.

 

No me pareció mal la propuesta de entretenerme un rato con una pequeña reparación, así que decidí ponerme manos a la obra…

 

(continuará)

Recuperándome

Agosto 11, 2008

Asunto resuelto. Mi friso ya está en orden y me parece que mi vida empieza a cobrar sentido. Me he visto el video de la pasta niveladora  de los de la página de bricocrack.tv mientras me comía un plátano. Me gustan especialmente los plátanos porque dan mucho residuo par la compostadora. La tengo en la terraza junto al mini-huerto urbano que me he montado. Además ahora que Mariela se ha marchado puedo volver a recorrer la escalera recogiendo residuos orgánicos de las bolsas de basura de los vecinos. Ella se molestaba conmigo cuando salía a última hora de la tarde, antes de que recogiera el portero las bolsas.

Después me he ido a ver una obra que hacen en la plaza, dos calles por debajo de mi casa. Estaban ya Anselmo y Mariano, dos jubilados de la construcción con los que me gusta sentarme por la tarde a ver la obra.

¿Cómo va la cosa? -me he interesado.

¡¿Que cómo va la cosa?! -Me ha respondido Anselmo.

- ¿A vuelto a pasar el aparejador?

-¡¿A pasar el aparejador?! -Anselmo ha sido encargado de obra, de ahí esa costumbre mecánima de responder a cualquier pregunta repitiéndola como cabreado, como si estuvieras intantando perjudicarle por el mero hecho de preguntarle algo.

- ¿Te ha dicho a ti el aparejador algo? -me ha preguntado sin esperar respuesta,  como si él o yo tuviéramos algo que ver con la obra- ¡Pues a mi tampoco! Y a esos… -señalando con el mentón a los operarios- ¡a esos menos! Así que mira cómo está colocada la ferralla… ¡Por los cojones van a encofrar estos!

Yo he mirado la ferralla y la verdad es que no he visto nada extraño. Aprovechando que Anselmo es un jubilado con teléfono móvil y ha tenido que atender -a grito pelado-. una llamada le he preguntado a Mariano

-¿Le ves tú algo raro a la ferralla? 

- Eg que a egtos o los apretas o te hacen cualquier barrabasada. -Mariano siempre suele darle, respetuoso, la razón a Anselmo como si realmente tuviera que vigilar la obra. P

-Pero ¿la ferralla está bien colocada o no? -he insistido.

-¡Hombre! -me ha dicho Mariano-la que se ve mismamente por aquí sí, pero a estos como les des hasta aquí… (ha señalado con su mano hasta la  mitad de su brazo) ¡Ya ves tú!

Reconstruyendo mi vida

Agosto 9, 2008

Esta bien… lo confieso. ¡Me estoy empezando a deprimir! Lo he notado porque estoy viendo compulsivamente un video de motosierras de gasolina (os lo recomiendo si os interesa el tema: http://www.bricocrack.tv/paginas/reproductorjardin.php?id=92 ) hasta que me he dado cuenta de que no tengo ningún árbol que podar. Es verdad que lo de Mariela me ha afectado. Me gustaba pasear con ella los sábados por la tarde por el Leroy Merlin o el Bricor y luego sentarnos el domingo por la mañana a ver el Bricomania. O ir a casa de algún amigo. Siempre me gusta llevar la caja de herramientas portatil, de esas de Stanley de tres pisos, y en lo que los demás toman cervezas y charlan de sus cosas, yo puedo enderezar el grifo de la cocina, ajustar las puertas de los armarios de la cocina o instalar, como el otro día a Javier, un regulado de luz en el salón.

Tampoco es sólo lo de Mariela lo que me deprime. Me dí cuenta cuando me levante esta mañana. Una de las lamas del friso está un poco vencida hacia delante. Lo noté al pasar y cuando lo  comprobé, incrédulo, con el nivel de burbuja que suelo llevar en el bolsillo del pijama, la realidad se confirmó como una losa. Hay más de un centímetro de desviación. Está colocado al final del rastrel y me temo que es culpa de la pared que tiene ese poco de panza. Yo estoy seguro de que mi pared estaba perfectamente aplomada así que me ha dado por pensar que las paredes pueden ir echando panza con el paso del tiempo, como los humanos. Así que esto es, como dice mi amigo sevillano, “lo que yo tengo en to lo alto”. Sé que son cosas normales en la vida y que todo puede torcerse y que no hay que perder nunca la capacidad de luchar por arreglar las cosas importantes. Así que ahora mismo voy a desmontar esa lama y a arreglarla. Después os contaré.

Reformas integrales en la vida

Agosto 8, 2008

La cosa con Mariela no está fácil. Lo que ha escrito como post es muy suave en comparación con lo que me dijo por teléfono. Al principio la llamé y no pasó nada. Parecía como que se le había olvidado, pero al mismo tiempo se mostraba fria y distante. Yo procuré no tomármelo muy a pecho y seguí colocando lamas de friso (en eso ando ahora) mientras hablaba con ella. La conozco mejor que a mi caladora, y mira que la caladora la he abierto un par de veces porque en vez de escobillas ahora llevan un espectáculo de fuegos artificiales. Lo que hace Mariela es típico de lo que se llamaba antiguamente “una señoriita de provincias”. Aunque eso de ser de provincias creo que ya solo lo usa Rajoy, “shoy un señor de provinciash”, dice él, pero en el caso de ella es cierto. No te manda al carajo, sino que te sigue sacando con los amigos pero sin dirigirte casi la palabra y tratándote como a un gilipollas. Estar con ella así es como estar en un pasillo del Leroy Merlin y pretender que un vendedor te atienda. Creo que es la forma de demostrar frente a sus amistades que ella sigue siendo como el taladro y que tu eres como una especie de accesorio. Que dependes de ella pero que te monta y te usa cuando le da la gana. No vaya a ser que sus amigos piensen que ha fracasado contigo…

Así que le dije que no, que no pensaba quedar con ella para decorarle su vida. Que para eso le mandaba un poto. Así que me ha dicho que está de mi hasta los canalones y me ha sacado todos los trapos sucios del mundo: que si las últimas vacaciones las dediqué a cambiar la instalación del baño, que si había estropeado un abrigo a su madre dejándola sentarse en una silla llena de espuma de poliuretano,  que si cuando hacemos el amor compruebo mientras si hay arañazos en el barniz de la mesilla…

Aí que no pienso seguir con esta ñapa de relación y voy a hacer una reforma integral de mi vida. ¡ os lo juro por Black y por Decker!

Mi estreno

Agosto 7, 2008

Primer blog y primera posibilidad de lucirme entre los entresijos internáuticos o cubrirme radicalmente de mierda frente a los tres amigos que, posiblemente, aun me quedan y que pueden leer este blog. Mariela me ha dejado. Parece que es definitivo. Se ha agarrado un cabreo impresionante cuando ha visto encima de mi mesa su foto de las vacaciones en las que mostraba sus estupendas tetas en la playa. ¿El problema? Que lo que había escrito tras la foto de su estupendas tetas era bricocrack.tv, la dirección de una página web en la que me engancho con unos videos que quitan el hipo a los que como yo, somos puros bricomaníacos.

No he sido capas de explicarle que no existe ningun mensaje oculto en que haya relegado su foto a mero soporte de este vicio vergonzoso que me hace estar la mitad del día con la herramienta en la mano. Estaba en pleno trabajo de la fresadora de contorno y no he sido capaz de desengancharme de las curvas que Leo Naranjo -el prota, que es para mi, desde que salía en la tele, como un super-heroe de comic- iba haciendo en el contorno de la mesa. Ese si que es un brico-crack que me deja a mi a la altura de las brico-castañas. Pero no puedo seguir pensando en eso. Tengo que llamar ahora mismo a Mariela. Os contaré algo de cómo evoluciona la tormenta…